
DEIA, 07/09/2002
Cuestión de raíces Joaquín Navarro Estevan
La pirámide normativa de Kelsen estaba ayuna de un eslabón fundamental. ¿Dónde los autos y las providencias de don Garzón? Claro que el viejísimo profesor de Viena no pudo, por mor de la biología, conocer la pujanza y la excelencia del garzonita. Un auto suyo sirve para clausurar locales, oficinas, tabernas y tálamos de un partido político. Arrastrar a los que se oponen, prohibir manifestaciones discrepantes, "advertir" a presidentes parlamentarios bastante más representativos que él -que no lo es- y mandar en la Comunidad Autónoma formada por la Nación más consciente de sus señas de identidad y del futuro que exigen esas señas. Dicen los que respaldan incondicional y jubilosamente a ese juez instructor que, por encima de todo, están la Constitución y el Estatuto de Gernika. ¿Qué tiene que ver el auto garzoniano con la Constitución? Tiene mucho que ver "contra" la Constitución que un juez instructor decida, por ante sí, la suspensión de un partido político parlamentario. ¿Dónde queda el pluralismo político, valor superior de nuestro ordenamiento según la Constitución? ¿Dónde la libertad de asociación y, con ella, la libertad de expresión, elementos medulares de cualquier sistema que se reclame democrático? Si el auto de un juez instructor basta para, "ipso iure" e "ipso facto", cargarse un partido político en un régimen basado en el pluralismo democrático, apaga y vámonos. ¿Dónde queda la Constitución? ¿Dónde el Estatuto? Hasta medios de comunicación que han alentado y aplaudido el "show" se han sentido obligados a una cierta cautela crítica. Uno de ellos "El Mundo" advierte sobre "estados de excepción encubiertos". ¿Dónde está el encubrimiento? ¿Acaso no está clara la excepción en el régimen normativo antiterrorista y en la ley ilegal de Partidos? Al parecer, no. Sólo en que el juez instructor aproveche una providencia para "ordenar" que no se autoricen ni tan siquiera las manifestaciones cuyos promotores nada tengan que ver con Batasuna. ¿Por qué no nombrarlo, a la usanza imperial, virrey de Euskadi? La podría gobernar con simples providencias. Como si fueran el plural de la divina. Mientras tanto, toda la corte judicial de espectadora. Y el Ministerio Fiscal, apoyando el espectáculo.
También "El País" se ha alarmado y asegura que "un juez no puede limitar un derecho fundamental de manera tan genérica". ¿De forma concreta sí? ¿Cualquier juez instructor puede suspender, por ante sí, sin otro concurso que el de un fiscal proclive, las actividades del PSOE porque algunos de sus dirigentes cometieron atroces crímenes? ¿O las del PP porque algunos de sus oligarcas anduvieron en el narcotráfico o han sido reos de prevaricación o de acoso sexual? ¿Un solo juez instructor puede atentar así contra un valor superior de nuestra Constitución?
Por lo demás, las filas españolistas siguen prietas y compactas. Dicen algunos de sus miembros más cualificados que la ilegalización por medio de una ley ilegal de Batasuna "dignifica" la democracia. El espectáculo de confusión de poderes Congreso, Gobierno y Supremo que se está dando no afecta a la Constitución ni, por tanto, a la democracia. Dice el constitucionalismo clásico que donde no hay separación de poderes no hay Constitución y que donde no existe control del poder no hay democracia. Sin embargo, el ministro de Justicia asegura que el "show" institucional -garzonismo incluido- dignifica la democracia. ¿Tendrá algo que ver con el honor de Dios?
La jocundia y la facundia de los españolistas de pro, que son los de "contra", les lleva a argumentar que los críticos de la ley ilegal y del proceso canónico de ilegalización "utilizan argumentos jurídicos grotescos" (lo dicen sociólogos muy ilustrados) y que el constitucionalista Javier Pérez Royo -nada proclive al nacionalismo vasco- recurre a "interpretaciones subjetivas" de la ley penal para censurar las decisiones garzonitas que, por supuesto, son objetivas. Así se califica un análisis jurídico brillante y un discurso lógico impecable. Además, Pérez Royo va a más. Dice, nada menos, que Garzón ha cometido una prevaricación procesal. Claro que es -no faltaba más- radicalmente subjetivo.
La crítica me recuerda la clásica afirmación de José Bergamín: "Si yo fuese objeto, sería radicalmente objetivo; pero como soy sujeto, soy radicalmente subjetivo". Lo importante es ser radical. Sobre todo, en la decencia, en la coherencia y en la dignidad. Cuando fallan los valores, los principios quiebran y las convicciones se cuartean, únicamente queda la dignidad. Lo que tiene que dignificarse es que no es digno. No lo será jamás. Es cuestión de raíces. En este país se sabe muy bien.
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